Perdida en Nueva York · LOVE NYC

Capítulo 1

El mapa estaba al revés

Capítulo primero

Estoy parada en el andén de la calle 50. Mi misión es sencilla, casi ridícula: tengo que llegar a la calle 86 para dar mi primera clase de español a una señora rica cuyo nombre suena a fundación benéfica. Mrs. Margaret Vandeheuvel.

Me llamo Sara, como la de Sexo en Nueva York, pero sin la “h”, y con menos ceros en la cuenta bancaria y, sobre todo, sin zapatos de quinientos dólares. Tan solo trabajo enseñando español por horas para Speaking Spanglish, una empresa que ni siquiera tiene sede física y que se define como una startup “disruptiva y on-demand”. Es la versión de marca blanca de mi sueño americano. Y eso de que tu jefe sea una aplicación tiene sus ventajas, aunque ni siquiera sé a quién tendría que gritarle en caso de problemas. Supongo que esos detalles se leen en letra pequeña antes de cruzar el charco, ¿verdad?

Me digo a mí misma que solo tengo cuarenta y cinco minutos, como si eso pudiera hacerme llegar antes. Llevo una blusa de seda que me costó media hipoteca en Madrid (porque quería parecer "profesional", como si trabajara en una empresa seria) y que ahora mismo se me está pegando a la espalda como una segunda piel húmeda.

Nadie te avisa de la humedad. En las películas, la gente lleva gabardinas y el pelo perfecto. En la realidad, mi pelo ha cobrado vida propia; se ha expandido horizontalmente, buscando oxígeno, y ahora parezco la prima desquiciada de Mafalda.

Y el sudor… estoy sudando por sitios que no sabía que tenían glándulas.

El metro de Nueva York no huele a transporte público. Huele a fricción. Huele a metal quemado, a electricidad estática y a ese aroma dulzón y podrido de la basura fermentando en el calor de los túneles.

También hay un toque a canela que me recuerda a la casa de mi abuela, pero que termina convirtiéndose en un aroma a donut industrial que ha pasado una noche de más en una vitrina con luz triste y escaso afán de conservación.

En la boca del metro hay un vapor caliente que sale de una rejilla y te deja las pantorrillas como si alguien te estuviera soplando con un secador defectuoso. Me alegro de no haber elegido llevar falda.

En el suelo, pegado a la baldosa, veo un chicle aplastado que parece una galaxia diminuta: azul oscuro con motas brillantes y pienso que abre las puertas a una mini dimensión desconocida (juro que es cierto).

Miro los carteles. Uptown. Downtown. Parece fácil. Norte y Sur. Arriba y Abajo. Como un capítulo de barrio sésamo. El problema es que, bajo tierra, mi brújula interna —esa que en España me permitía encontrar un bar abierto a las tres de la mañana en cualquier ciudad— ha decidido dimitir.

—Uptown es arriba —me digo en voz alta. Una rata del tamaño de un gato doméstico me mira desde las vías con indiferencia. Ella sí sabe a dónde va.

Llega el tren. Es un estruendo, una trepidación que te hace vibrar los empastes. El "rumor subterráneo" del que hablaba mi guía de Lonely Planet, pero un rumor elevado a la potencia de una turbina de avión.

Las puertas se abren y me empujan hacia dentro. No entro; me introducen. La masa humana de Nueva York no camina, fluye como lava agresiva. Soy succionada por la muchedumbre.

Consigo un hueco agarrada a una barra de metal que está tibia. Tibia. Qué asco. Me limpio la mano disimuladamente en el abrigo y saco mi mapa. Sí, un mapa de papel. Porque mi móvil, con su flamante plan de datos internacional, ha decidido que el subsuelo es territorio comanche y marca un dramático "Sin Servicio".

Todo parece sencillo hasta que recuerdas que los neoyorquinos han decidido, por deporte, que las líneas se llamen con letras, números y colores.

Despliego el mapa. Es enorme. Molesto al señor con el pelo a lo afro de la izquierda. Molesto a la señora asiática de la derecha. Intento localizar el punto rojo. Bien. Voy a la 86. Estoy en la 50. Tengo que subir. Los números tienen que crecer. Es matemáticas básica.

El tren arranca con un tirón que casi me disloca el hombro. Voy mirando las paradas. Intento seguir el ritmo de los nombres, pero el altavoz los pronuncia como si estuviera bostezando: “fif… fif… st…” En mi cabeza, cada estación es un examen sorpresa. Y yo nunca estudié para esto.

Primera parada que consigo escuchar: Times Square – 42nd Street.

Frunzo el ceño. 42 es menor que 50. "No lo sé con certeza, pero…", pienso. "Quizá en este país cuentan al revés. Son capaces. Usan pies y pulgadas, ¿por qué no iban a contar hacia atrás?"

Segunda parada que reconozco: 34th Street – Penn Station.

El pánico empieza en el estómago, frío y duro. Miro el mapa. Lo giro. Lo vuelvo a girar. Estoy yendo al sur. Estoy yendo hacia el agua. Hacia el fin del mundo asfaltado. Siento Manhattan como un pedazo pequeño de tierra. ¿Aquí se acaba la isla?

Intento hablar con una señora que se está retocando unas uñas perfectas y suspira como si yo hubiera insultado a su madre.

—Come on… —murmuro, y me sale un “come on” con acento de “cómeme el…” que no es internacionalmente diplomático.

—Estás mirando el mapa al revés.

La voz es grave, seca, y viene de arriba. Levanto la vista. Delante de mí hay un tipo alto. Abrigo largo, auriculares grandes en el cuello y un vaso de café de cartón en la mano que sujeta con una elegancia irritante. Me mira con esa expresión de suficiencia que tienen los neoyorquinos cuando ven a un turista sufriendo: en esos casos unos acuden corriendo a ayudarte (en plan: yo puedo hacerlo y tú no sabes) y otros solo observan con una mezcla de piedad y ganas de que te mueras rápido para dejar de estorbar.

—¿Perdón? —le digo, intentando recuperar la dignidad mientras lucho por volver a doblar el mapa, que ahora parece un origami rebelde.

—El tren. Va hacia el Downtown. Tú quieres ir al Uptown.

—¿Y cómo sabes dónde quiero ir, listillo?

—Lo sé porque tienes el dedo puesto en el Museo de Historia Natural y estás poniendo cara de que te va a dar un infarto.

Me quedo paralizada. Tiene los ojos oscuros y ojeras de no haber dormido, pero son ojeras cool, de arquitecto atormentado o músico de jazz, no de profesora española que se ha equivocado de hemisferio.

—Pues te equivocas. Sé perfectamente a dónde voy —miento. La mentira es un mecanismo de defensa nacional. Si me estoy equivocando, me equivoco con orgullo.

Él arquea una ceja. Bebe un sorbo de su café.

—Claro. Seguro que vas a South Ferry a ver a los turistas con coronas de espuma verde. Es la hora punta perfecta para eso.

El tren frena. 28th Street. Mierda. Mierda. Mierda. El vagón se llena más. Alguien me clava un codo en las costillas. El tipo del café ni se inmuta, se balancea con el movimiento del vagón como si tuviera giroscopios en los tobillos.

—Si te bajas ahora, puedes cruzar al andén de enfrente sin volver a pagar —dice él, mirando su móvil, como si no le importara lo más mínimo mi destino—. Pero date prisa. Las puertas se cierran rápido. Esto no es una exageración.

Dudo. Ese segundo de duda es letal en Nueva York. Suena el aviso. Ding-dong. Una voz grabada, robótica y autoritaria, sentencia: "Stand clear of the closing doors, please". Las puertas se cierran en mis narices.

Esta vez sí que he entendido la megafonía. Nueva York se ríe de los intentos de puntualidad como se ríen las puertas del metro cuando se cierran en la cara. Una piensa que tiene margen. Pero la ciudad escucha la palabra “margen” y decide humillarte.

Veo mi reflejo en el cristal sucio: tengo el rímel corrido y cara de susto. Detrás de mí, en el reflejo, veo al tipo del café. Me está mirando. Y juro que sonríe. Una media sonrisa, apenas un milímetro de comisura levantada. Arrogante. ¿Se puede ser tan chulo y tan guapo a la vez?

Me paso las siguientes seis paradas odiándolo. Lo odio con dedicación exclusiva. Odio su café, odio su abrigo perfecto y odio que tenga razón. El tren sigue bajando. 23, 18, 14… Houston, Canal, Franklin. Cada parada es una puñalada a mi puntualidad.

Finalmente, llegamos a South Ferry. Final de trayecto. Nuevamente, no entiendo lo que dice la megafonía, pero suena a: Todo el mundo fuera. Estupendo, empieza mi vida americana, perdiéndome.

Salgo al andén empujada por una marea de turistas felices. Sus cuerpos desprenden emoción. Yo huelo a estrés y a fracaso. Peor que el olor a pis que hay en esta estación.

Subo las escaleras y allí está la salida al ferry de Staten Island. Y, a lo lejos, la Estatua de la Libertad, pequeña y verde, alzando su antorcha como diciéndome: "Bienvenida, pringada".

Miro el reloj. Faltan diez minutos para mi clase. Estoy en la punta sur de la isla y tengo que ir casi al norte absoluto. Corro hacia el otro andén. Mis botas, que en la tienda parecían "urbanas y cómodas", ahora son instrumentos de tortura medieval. Me duelen los pies, me duele el orgullo y me duele la cartera porque sé que esto me va a costar un taxi carísimo si quiero conservar el trabajo.

Logro subir al tren de vuelta. Me siento, derrotada. Saco el móvil. Una raya de cobertura. Escribo una nota rápida, solo para desahogarme:

*Lista de enemigos mortales en NYC:

El sistema de metro.

La humedad relativa del aire.

El tipo del café (especialmente él).*

Llego al Upper West Side cuarenta minutos tarde. El portero del edificio de Mrs. Vandeheuvel me mira con desdén. Es un edificio con toldo verde y alfombra roja, de esos donde el silencio se compra por metro cuadrado. Subo en el ascensor (que huele a flores frescas, no a humanidad) y toco el timbre. Me preparo para ser despedida el primer día.

Abre la puerta una señora de unos ochenta años, vestida con chándal de terciopelo rosa y zapatillas de deporte. Tiene la piel curtida de tanto sol y unos ojos azules que vibran. Quiere aprender español porque está profundamente enamorada de Antonio Banderas.

—¡Llegas tarde! —grita con una sonrisa enorme—. ¡Me encanta! ¡Significa que te has perdido! Esta ciudad nunca falla ¡Pasa, pasa! ¿Quieres un jerez? Intento adaptarme a vuestra cultura a lo grande. Yo ya me he tomado dos mientras esperaba.

Me quedo en el umbral, jadeando, con la blusa pegada al cuerpo y el pelo encrespado.

—Lo siento mucho —empiezo a decir, con mi mejor inglés formal—. Hubo un problema con la orientación… Pensaba que controlaba, pero…

—¿Fueron las letras o los números? —pregunta ella, sirviendo una copa enana de líquido ámbar.

—¡Tenía el mapa al revés! —admito, frustrada —. Ni siquiera me di cuenta, hasta que un tipo engreído se burló de mí. ¿Por qué la gente no se mete en sus asuntos?

La anciana se ríe. Una risa de fumadora, grave y ruidosa.

—Bienvenida a la Gran Manzana, querida.

Me bebo el jerez de un trago. Quema, pero menos que la vergüenza. Mientras Mrs. Vandeheuvel busca su cuaderno, miro por la ventana. Desde aquí arriba, la ciudad parece ordenada. Una cuadrícula perfecta. Mentira. Es una trampa diseñada por sádicos. Me acuerdo del tipo del metro. De su "puedes cruzar al andén de enfrente". Intentó ayudarme, a su manera borde. Y yo le gruñí. Aunque una parte de mí quisiese decir: come on.

Tengo la sensación de que la ciudad me acaba de dar el primer bofetón. Y lo peor es que, mientras el jerez me calienta el estómago, pienso que quizá me lo merecía.

Mañana intentaré no equivocarme de hemisferio. Aunque, conociéndome, es probable que acabe en Queens.

—Bueno —dice la señora Vandeheuvel, golpeando la mesa con un bolígrafo de oro—. Ya que el zorro no va a venir a rescatarnos… Empecemos ¿Cómo se dice "I am exhausted but alive" en español?

Sonrío por primera vez en todo el día. Es un alivio cómo se ha tomado el asunto de mi retraso. Tal vez tenga mis prejuicios y los neoyorquinos son más simpáticos de lo que pienso. Al fin y al cabo, no ha terminado tan mal el día.

—Se dice: "Estoy hecha polvo, pero sigo aquí". No hay frase más acertada para empezar.

Has llegado al final del primer capítulo. Sara todavía no conoce el nombre del hombre del café, pero Nueva York ya ha decidido volver a cruzarlos.