La clínica · Daniel Black
Capítulo 1
Algunos recuerdos deberían morir contigo.
Capítulo primero
Susan Powell abrió los ojos en una habitación que no reconocía.
Durante unos segundos, que pudieron ser tres o pudieron ser treinta, no intentó moverse. Se limitó a observar, porque había en la inmovilidad una forma primitiva de defensa, un modo de no confirmar demasiado deprisa lo que el cuerpo ya sospechaba. La luz del techo estaba encendida, una luz blanca, quirúrgica, sin temperatura, y caía sobre ella con la neutralidad de una lámpara de autopsias. A su derecha, una máquina registraba su pulso con una línea verde que ascendía y descendía en intervalos regulares. Cada pitido parecía una pequeña prueba de vida, aunque, por alguna razón, a Susan le sonaba más a cuenta atrás.
No sabía dónde estaba.
No recordaba un accidente, ni una ambulancia, ni un golpe contra el asfalto, ni el rostro de nadie inclinándose sobre ella para preguntarle si podía oírlo. Lo último que tenía en la memoria era una sensación de tránsito, una de esas franjas sucias de cansancio que se acumulan en los aeropuertos, entre cafeterías cerradas, anuncios en varios idiomas y el zumbido constante de la ventilación. Después, nada. Un corte limpio.
Intentó incorporarse y descubrió que tenía un tubo bajo la nariz, sujeto con una goma suave, y varios electrodos adheridos al pecho. Llevaba una bata blanca de hospital abierta por la espalda y, debajo, solo ropa interior. La piel de sus muslos, expuesta al aire de la habitación, estaba fría.
El pitido se aceleró.
Susan cerró los ojos.
Respira.
El consejo, formulado con esa voz interior que suele imitar a los médicos de televisión, no produjo ningún efecto. Al contrario: cuanto más intentaba ordenar el aire, más consciente era de que el aire olía a desinfectante, a plástico caliente, a algo vagamente dulce que no supo identificar y que le provocó una náusea breve, seca, sin contenido.
Abrió los ojos.
—Al diablo —murmuró.
Se arrancó la cánula nasal con un movimiento torpe. Después retiró los electrodos uno a uno, sintiendo cómo el adhesivo tiraba de la piel. La máquina emitió un tono continuo, agudo, ofensivo, como si denunciara su desobediencia. Susan buscó con la mirada un botón, una llamada de enfermería, algún cartel con instrucciones, pero no vio nada que le inspirara confianza. Si su corazón iba a acelerarse, prefería no tener una máquina haciéndoselo saber.
Puso los pies en el suelo.
Estaba descalza.
La primera sensación fue el frío del pavimento, un frío mineral que subió por sus plantas hasta los tobillos y le dio una certeza absurda: aquel lugar no estaba pensado para que nadie caminara sin permiso. Las habitaciones de hospital tienen una lógica propia, una geometría hecha de camas, tomas de oxígeno, ruedas bloqueadas y bandejas metálicas. Todo está diseñado para que el paciente permanezca horizontal, disponible, administrable.
Susan se levantó.
La cabeza le giró con una lentitud líquida, como si el cráneo contuviera algo más pesado que el pensamiento. Se sujetó al borde de la cama, respiró por la boca y esperó a que las paredes dejaran de desplazarse. En el monitor, la línea verde seguía trazando su ausencia con una alarma sostenida.
La puerta no estaba cerrada.
Eso la inquietó más que cualquier cerrojo.
Cuando cruzó la puerta, la alarma cambió de naturaleza. Ya no era solo la máquina de la habitación. En algún punto del edificio, un sistema general despertó con un aullido intermitente. Las luces del pasillo parpadearon. No eran las luces principales, sino las de emergencia: franjas verdosas en el rodapié, placas luminosas sobre puertas, flechas de salida que parecían señalar no una ruta, sino una orden.
El pasillo estaba vacío.
No vacío como un hospital de noche, con enfermeras hablando bajo, ruedas lejanas y televisores encendidos detrás de puertas entornadas. Vacío de una forma incorrecta. Había carros de comida abandonados junto a la pared, bandejas con platos a medio retirar, vasos volcados, servilletas húmedas. En una de las bandejas, una crema anaranjada conservaba aún un vapor tenue.
Susan dio un paso.
Pisó algo blando.
Bajó la mirada. La crema se le había adherido a la planta del pie en una capa espesa, tibia, repulsiva. Sintió una arcada, pero se la tragó. El asco, comprendió, era un lujo secundario. La amenaza tenía prioridad.
Avanzó dejando huellas en el suelo.
Al fondo del pasillo vio a un médico.
No apareció de golpe; simplemente estaba allí, en el límite de la luz, con bata blanca, mascarilla quirúrgica y una mano levantada, indicándole que lo siguiera. Susan no vio su rostro. Solo los ojos, demasiado fijos, y el gesto de la mano, que no pedía auxilio ni ofrecía ayuda, sino que administraba instrucciones.
—¡Espere! —gritó.
El médico dobló una esquina.
Susan lo siguió, no porque confiara en él, sino porque las flechas verdes señalaban en la misma dirección y, en una emergencia, incluso una coincidencia mediocre puede convertirse en el mejor argumento para salvar su vida.
El pasillo cambió al girar.
La pared desapareció.
A ambos lados se abrió un túnel de cristal, suspendido entre dos cuerpos del edificio.
Fuera era de noche.
Abajo, muy abajo, el suelo parecía una superficie negra salpicada por farolas y charcos. Susan avanzó unos pasos y sintió el vértigo como una presión en las rodillas. El cristal reflejaba su figura: una mujer pálida, despeinada, con bata de hospital, los pies manchados de comida y la expresión de quien ha despertado dentro de una explicación que todavía no existe.
Entonces vio a la multitud.
Estaban en el exterior, bajo el túnel, mirando hacia arriba.
Decenas de personas. Quizá más. Todas con mascarillas. Algunas agitaban los brazos. Otras permanecían quietas, con la cabeza inclinada, como si contemplaran un fenómeno meteorológico. Desde aquella altura sus voces llegaban deformadas, mezcladas con la alarma, pero Susan entendió una palabra.
Su nombre.
—Susan.
Apoyó las palmas en el cristal.
—¿Qué…?
No llevaba mascarilla. Se tocó la cara con los dedos, la boca, la nariz, como si pudiera haber olvidado allí una protección invisible. Pensó en una infección, en un brote, en alguna variante nueva, en titulares leídos a medias. Pensó en hospitales saturados, en cámaras térmicas, en gente esperando fuera porque dentro ya no cabía nadie. Pensó en todo lo que una mente que ha sobrevivido a una pandemia puede pensar cuando ve demasiadas mascarillas juntas.
—Susan, salta —dijo la multitud.
Las voces no sonaban desesperadas. Sonaban pacientes.
—Ven con nosotros.
Susan retrocedió.
El médico apareció al otro extremo del túnel.
Ahora caminaba hacia ella.
En la mano llevaba un instrumento quirúrgico enorme, una especie de sierra curva o cizalla ósea, demasiado grande para una cirugía delicada, demasiado limpia para una carnicería improvisada. La hoja rozó el cristal cuando avanzó. El sonido fue un chirrido largo, metálico, que se introdujo bajo la alarma y la volvió inútil. Susan miró hacia atrás. La distancia hasta el pasillo anterior era excesiva. Si corría, él la alcanzaría antes de que lograra girar.
Entonces advirtió la sangre.
No estaba en la hoja.
Estaba en la bata.
Manchas oscuras, secas en los bordes, más recientes en el centro, distribuidas con una lógica de trabajo. No salpicaduras accidentales, sino capas. El médico no parecía venir de una operación; parecía venir de una tarea repetida muchas veces.
—Susan, salta —insistieron abajo—. El cristal es solo una ilusión.
Entre la multitud había una figura distinta. No vestía abrigo ni ropa de hospital, sino una túnica gris. Llevaba una máscara roja, una máscara de diablo con cuernos cortos, sonrisa tallada y ojos negros. Susan no supo por qué no la había visto antes. En los sueños, las cosas importantes a veces esperan a ser descubiertas.
El médico levantó la hoja y empezó a recitar.
No era una canción. Tampoco una oración. Era algo peor: una fórmula aprendida.
—Susan, somos puente.
La voz atravesó la mascarilla con una claridad húmeda.
—Es peligroso seguir hacia delante. Es peligroso quedarse a medio camino. Es peligroso mirar atrás. Es peligroso mirar abajo. Es peligroso echarse a temblar.
La hoja volvió a arañar el cristal.
—Y, sobre todo, es peligroso detenerse.
Susan sintió que los músculos de las piernas se le vaciaban.
—Prepárate al ocaso —dijo el médico—. Prepárate a morir, Susan.
La multitud abrió los brazos.
El suelo del túnel desapareció.
Susan cayó.
Se incorporó de golpe en el asiento del avión, con el cinturón clavándosele en el abdomen y la boca seca.
Durante unos instantes siguió cayendo, aunque el cuerpo ya estuviera quieto. Frente a ella, el respaldo del asiento temblaba con las vibraciones del descenso. Sobre su cabeza, el indicador del cinturón de seguridad permanecía encendido. El aire de la cabina olía a café recalentado, tela usada y ese perfume ligeramente químico que tienen los vuelos largos al final del trayecto.
—¿Quieres un poco de chocolate? —preguntó Linda.
Susan giró la cabeza.
Linda Harris la observaba desde el asiento contiguo con una mezcla de curiosidad y cautela. Tenía una tableta pequeña entre los dedos, envuelta en papel rojo y dorado. En la cabina, una voz masculina acababa de anunciar algo en inglés y francés sobre el aterrizaje en Bruselas, la lluvia ligera y la necesidad de mantener desconectados los dispositivos electrónicos hasta que el avión quedara detenido por completo.
Susan tardó en comprender la pregunta.
Después asintió.
Linda le entregó el chocolate.
—Lo han repartido mientras dormías. Pensé que te apetecería.
—Todo un detalle.
Susan desenvolvió la pastilla con movimientos torpes. El chocolate belga se partió con un crujido seco entre sus dientes. Era demasiado dulce, demasiado real. Eso la ayudó.
—¿Con qué estabas soñando? —preguntó Linda—. Parecías angustiada. Has dado un salto como si alguien te hubiera tocado.
Susan miró por la ventanilla. Las nubes se abrían bajo el ala del Airbus A320 en capas grises, densas, y Bruselas aparecía abajo como una superficie lavada por la lluvia.
—Estaba en un hospital.
Linda esperó.
—No era exactamente un hospital —añadió Susan—. O sí. No sé. Había alarmas. Un médico. Gente con mascarillas.
Linda sonrió apenas.
—Te recuerdo que vamos precisamente a una clínica. Quizá tu cerebro está haciendo su trabajo de sabotaje preventivo.
—Mi cerebro lleva años haciendo horas extra.
—Eso no te lo discuto.
Susan intentó sonreír. Le salió una mueca razonable.
—Además, no hay que tener miedo a los médicos —dijo Linda—. Al menos no a todos. Sería poco práctico.
Susan miró la decoración interior del avión, fijándose por primera vez en las ilustraciones que cubrían parte de los paneles. Figuras de cómic, líneas limpias, colores planos. Un perro blanco. Un hombre con barba. Un chico de flequillo imposible.
—¿Cómo se llamaba el de la barba? —preguntó, agradecida por cualquier cosa que no fuera la imagen de la bata ensangrentada—. ¿Capitán Nemo?
Linda la miró con horror académico.
—¿Capitán Nemo?
—Vale. Ese era de Julio Verne. ¿Capitán Spock?
—Spock no tenía barba.
—Lo sé. Lo sé. Era algo de capitán. No me lo digas.
Linda abrió la boca.
Susan le tapó los labios con la palma de la mano.
—No me lo digas.
—Es el capitán Haddock —dijo una mujer corpulenta desde el otro lado del pasillo, sin levantar demasiado la vista de su revista.
Susan retiró la mano lentamente.
—Gracias —dijo Linda, con una educación impecable.
Susan pensó que había personas incapaces de dejar morir una ignorancia en paz. Había algo innato en ellas que las hacía meter sus narices en asuntos ajenos.
—El perro se llamaba Milú —dijo, para salvar algo de dignidad.
—Eso sí.
El avión tocó pista con un golpe controlado. Algunos pasajeros se inclinaron hacia delante. Susan apoyó la cabeza en el respaldo y cerró los ojos. Durante un segundo, oyó de nuevo la frase del sueño.
Somos puente.
No se la contó a Linda.
En Bruselas esperaron la conexión hacia Vilnius en una zona del aeropuerto que parecía funcionar a media potencia. Había tiendas cerradas, persianas metálicas bajadas, anuncios luminosos y viajeros dispersos con esa expresión neutra de quienes han aceptado temporalmente vivir en un pasillo. No habían comido nada sólido desde Nueva York, salvo el chocolate del avión, y terminaron entrando en un local llamado Red House porque era el único sitio abierto que ofrecía algo parecido a comida.
Predominaba el rojo: paredes rojas, asientos rojos, bandejas rojas. En una pared, una fotografía enorme de Eden Hazard vigilaba el mostrador con una sonrisa de celebridad congelada. La camarera, una chica negra con rastas recogidas en la nuca, servía cerveza de grifo en vasos de plástico. Frente a ella, un chico rubio con acné y camiseta del Real Madrid esperaba su pedido mirando alternativamente la foto y el surtidor.
—Cinco noventa por esto —murmuró él al recibir la cerveza—. Una estafa.
La camarera alzó una ceja.
—¿Te refieres al precio o a la estrella?
El chico miró la foto.
—A las dos.
Salió con la cerveza en la mano y la dignidad maltrecha.
Susan pidió dos sándwiches de jamón y queso. Ocho euros con noventa cada uno. Linda hizo un cálculo mental visible y no dijo nada, lo cual en ella equivalía a una protesta severa.
—¿Queréis que os los caliente? —preguntó la camarera, aunque ya los había introducido en un horno pequeño.
—Sí, gracias —respondió Susan.
Pagó con el móvil.
Habían acordado que ella se haría cargo de casi todos los gastos del viaje. Era lo justo. Linda no iba a Lituania por necesidad propia, sino por amistad, aunque había encontrado la manera de convertir el acompañamiento en una pequeña expedición académica. Mientras Susan se sometía a la intervención y descansaba una semana antes de poder volar de regreso, Linda visitaría museos, archivos y cualquier lugar donde hubiese objetos antiguos, supersticiones locales o documentos que no estuvieran correctamente catalogados.
Susan, en cambio, viajaba por razones menos elevadas.
Cinco años antes se había reducido el estómago en una clínica de Kaunas. El resultado había sido bueno, casi demasiado bueno, porque el cuerpo, cuando pierde volumen, no siempre sabe retirarse con elegancia. Había piel sobrante en los brazos, en el abdomen, en los muslos. Los pechos, como ella misma decía, habían firmado una rendición incondicional. En Nueva York, corregir todo aquello costaba una cifra indecente. En Lituania, el presupuesto era razonable, y ofrecían descuento por la operación anterior en una clínica estética asociada. El paquete incluía traslados, traductora, seguimiento posoperatorio y una habitación privada.
Turismo médico.
La expresión sonaba limpia. Casi recreativa.
—¿Os podéis creer que se haya metido con uno de nuestros diablos rojos? —dijo la camarera, mientras sacaba los sándwiches del horno.
Linda levantó la mirada.
—¿Diablos rojos?
La camarera señaló la camiseta del chico, ya ausente, y luego la foto de Hazard.
—La selección belga. Los Red Devils.
Susan sintió que algo pequeño se le cerraba en la garganta.
Diablos rojos.
Por un instante vio de nuevo la figura bajo el túnel de cristal, la túnica gris, la máscara roja, los cuernos cortos. La memoria del sueño no regresó completa; regresó corregida, como si una parte de la escena hubiera estado siempre allí y solo ahora autorizara su presencia.
Salta.
El cristal es solo una ilusión.
—¿Estás bien? —preguntó Linda.
Susan tomó el sándwich caliente entre las manos. El pan le quemó los dedos. Eso y el chocolate sería lo único que comería en todo el trayecto.
—Sí —dijo—. Solo cansada.
El vuelo a Vilnius duró algo más de dos horas. Susan intentó dormir y no pudo. Cada vez que cerraba los ojos aparecía el túnel, no con la nitidez de una imagen, sino con la estructura de una amenaza: delante, el médico; abajo, la multitud; atrás, el pasillo; bajo los pies, la posibilidad de que el suelo dejara de existir.
Cuando aterrizaron, el aeropuerto de Vilnius le pareció pequeño, casi doméstico. Las puertas de entrada y salida compartían una misma lógica, como si el edificio no distinguiera del todo entre llegar y marcharse. Recogieron las maletas sin demora y salieron a una sala donde varias personas esperaban con carteles. Ninguno llevaba sus nombres.
—Se supone que alguien de la clínica venía a buscarnos —dijo Susan.
—Quizá está fuera.
—O quizá hemos cruzado medio mundo para ser abandonadas en un aeropuerto báltico.
—Dramática.
—Realista.
Linda dejó su maleta junto a la pared.
—Voy al baño. Vigílalas.
—Eso sí es confianza.
Linda regresó pronto, abrochándose el abrigo.
—Nada de colas. Este país ya me cae bien. ¿Te he contado alguna vez mi teoría sobre el control de esfínteres en los aeropuertos japoneses?
Susan no respondió. Miraba hacia una mujer que acababa de entrar por la puerta automática. Llevaba un abrigo gris, botas negras y un cartel doblado bajo el brazo. No sonreía. No parecía buscar a nadie; parecía haber encontrado ya lo que venía a recoger.
—Creo que es ella —dijo Susan.
La mujer se acercó.
—¿Aurum Vitae Clinic? —preguntó.
—Sí —respondió Susan—. Susan Powell. Ella es Linda Harris.
La mujer hizo un gesto breve con la cabeza.
—Síganme. Cuidado al salir. Hay hielo junto a la rampa.
No ofreció la mano. No preguntó por el vuelo. No sostuvo la mirada más de lo imprescindible.
—Encantadora —susurró Linda.
La conductora las guio hasta el exterior. El aire de Lituania les golpeó la cara con una precisión seca, sin violencia, pero sin concesiones. Había nieve acumulada en los bordes de la acera, endurecida por los días, gris en los pliegues donde la sal y la gravilla habían entrado como una enfermedad. Susan respiró hondo y sintió el frío en los pulmones.
El coche esperaba al otro lado de la calle.
El trayecto hasta Kaunas duraría poco más de una hora. Salieron de Vilnius atravesando polígonos industriales, almacenes, gasolineras, edificios residenciales de colores apagados, con fachadas con manchas de humedad y ventanas con luz amarillenta, en habitaciones donde no parecía entrar la luz del día.
La arquitectura tenía una sobriedad que a Susan le pareció honesta y a Linda, probablemente, interesante. Los árboles carecían de hojas. El paisaje entero parecía reducido a tres materiales: asfalto, nieve vieja y cielo bajo.
En la radio sonaba una lista de Imagine Dragons.
Linda sacó el móvil.
—¿A quién escribes? —preguntó Susan.
—Al director del Museo del Diablo.
Susan giró despacio la cabeza.
—Claro. Porque eso es algo normal que decir en un coche desconocido camino de una clínica lituana.
—Gabrielius Naseda. Me contestó hace unos días. El museo tiene una colección magnífica de demonología popular báltica. Y algunos fondos sin clasificar.
—Tú sí sabes convertir una operación estética en vacaciones.
—Cada una tiene sus placeres.
Susan sonrió, pero estaba mirando por la ventanilla.
La carretera se extendía delante de ellas como una incisión larga sobre el territorio. A ambos lados, los campos blancos parecían superficies preparadas para ocultar cualquier cosa. Montones de nieve se acumulaban en cunetas y aparcamientos, algunos altos, compactos, ennegrecidos por los bordes. Susan observó uno al pasar. No supo por qué le pareció que tenía forma.
—Me encanta esta canción —dijo Susan—. ¿Puedes subirla un poco?
La conductora obedeció. Demons llenó el interior del coche con una intensidad que habría resultado ridícula en otro contexto.
Susan apoyó la frente en el cristal frío.
No sabía que, a pocos kilómetros de allí, bajo otra nieve parecida, una mano sin nombre había empezado ya a salir a la superficie.
Has llegado al final del primer capítulo. La historia continúa en Kaunas, dentro de Aurum Vitae.
